Tostadas con Jamón

La primera vez que desayune una tostada con jamón fue en Granada, en casa de José. En mi primera estancia en España. Fue uno de los mejores desayunos de mi vida. Algo tan sencillo como media rebanada de pan, frotada con un diente de ajo, dorado con un poco de aceite de oliva, y unas rebanadas de jamón serrano representaban la cultura española en toda su sencillez.

Sobra decir que todo el tiempo que estuve allá este fue mi desayuno mas socorrido. 

Cuando llegué a México, me di cuenta que hacer algo así era prohibitivo. Y solo lo intente unas pocas veces.

Esta vez que volví a España, retome esa costumbre, como si fuera un viejo habito, una de las primeras cosas que hice fue buscar donde vendían pan y jamón. El aceite de oliva lo compre en el super. 

Todos los días desayunaba lo mismo. Lo único que variaba a veces era la bebida, unos días café, otros colacao, otros jugo de naranja.

Cuando llego May, volvimos este desayuno parte de la rutina. Me gustaba tanto verla disfrutar de un desayuno tan sencillo. De que el jamón se acabara tan rápido por que cada que ella preparaba un pan ya se había comido las rebanadas de jamón que le iba a poner. O se escabullía al refrigerador a escondidas y agarraba rebanadas, como la travesura de una niña chiquita. Al otro día cuando yo me despertaba a preparar de desayunar, descubría que no había jamón, y me iba al mercado a comprar más.

El de la carnicería se extrañaba de que ahora fuera tan seguido. ¿Tienes visitas?, me decía. Ha sido la parienta. Le contestaba. Y eso arreglaba todo.

Después que nos fuimos de Sevilla, empezamos a cambiar el menú del desayuno. En Cádiz fueron empanadas, en Madrid bocatas de calamar, en Zamora, Toro y toda la Ribera del Duero, almorzábamos a las 11 del día con vino tinto y tapas, en Barcelona fueron cocas.

No fue hasta que empezamos el Camino de Santiago, que retomamos este desayuno. Era lo que ofrecían los bares temprano, tostada de jamón con café por 1.5 €. Las tomábamos después de haber caminado unas dos horas, cuando encontrábamos algún bar que nos llamara la atención, o donde yo hubiera desayunado antes, generalmente como a las 9-10 de la mañana. Y entonces buscábamos una mesa, dejábamos las mochilas, May las cuidaba mientras yo iba a la barra a pedir. Nos bebíamos el café caliente mientras descansábamos, después comíamos aquella simpleza. Hacíamos algo de tiempo, y de pronto la tostada con jamón ya había hecho su magia. Teníamos fuerzas para continuar. 

Son esas cosas tan sencillas las que se van quedando dentro de uno, los hábitos de otro lugar que no te has dado cuenta que incorporaste a tu vida hasta que no puedes hacerlos más.


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